Tesoros perdidos reencontrados (IX): Comics de Nathan Never

No es necesaria una excusa para visitar a mi madre, pero aprovechando que el fin de semana era largo (es bueno empezar la semana con un lunes festivo), comimos en su casa. Como hago cada vez que voy por allí, dediqué un rato para ‘naufragar’ entre las toneladas y toneladas de cosas que poblaban las estanterías de mi habitación y que mi madre ha tenido a bien ir separando con el sano propósito de reciclar (tirar, vamos). Así que cada vez que voy a su casa aprovecho y la ayudo para que su conciencia quede tranquila al no tirar nada sobre lo que yo no haya dado el visto bueno.

Repasando las cosas que había por allí, tropecé con buena parte de mi colección de comics de Nathan Never, que quince años después ya no recordaba ni que existía. Pongo el enlace en inglés a la Wikipedia porque no tengo ni idea, pese al ancestro común, de la lengua italiana, aunque la entrada en italiano cuenta con mucha más información. Para el que pueda entenderla, claro.

Mi época de comics terminó relativamente pronto. Con doce años, mi colección de comics heredada a los siete u ocho años, regalo de un adolescente en crisis que también se consideraba demasiado mayor para los superhéroes, había casi desaparecido. Creo recordar que la cantidad que Emilio, así se llamaba el chico que me los regaló y muy amigo de mi tío Rafa, puso en mis manos, era de unos trescientos comics, que se repartían en interminables series de super mamporros entre Los Vengadores, La masa y El hombre de hierro, principalmente, con algunos de otras series como las de Thor, El capitán américa y Los 4 fantásticos. El 90% de ellos en blanco y negro. Curiosamente a mí me gustaban más El hombre araña y Flash, de los que llegué a tener más bien pocos comics, pero “a caballo regalado…”.

Con catorce años ya no quedaban en mi casa ni uno solo de esos tres centenares de comics que me cayeron del cielo. Y mis gustos también iban por otros lados, como por ejemplo los CIMOC, que leía con tres o cuatro años menos de los que debía. Ya era demasiado mayor para los superhéroes, decía.

La causa por la que desaparecieron los comics de superhéroes de mi casa se llama “amigo vulgaris” y me consta que durante varios años consecutivos, los amigos del colegio que me visitaban en mi casa fueron realizando pequeños hurtos al tesoro que, junto a los pequeños préstamos que de forma voluntaria hacía y que no devolvían, consiguieron mermar considerablemente el volumen de papel impreso que había en mis estanterías. Para cuando regalé los últimos, creo que quedaban unos veinte o treinta, apenas un diez por ciento de los que fueron originalmente.

La época CIMOC también pasó (muy rápido, para ser francos) y la presencia de los comics en mi vida, desde que tuve edad para decidir el futuro de mi país, ha sido más bien anecdótica. Alguna vez algún que otro comic, de algún que otro personaje o dibujante. Algo de concreto, puntual y de poca importancia, simplemente para gastar dinero en pasar un rato leyendo algo con dibujos en lugar de perder el tiempo con una buena novela.

Esto ha sido cierto casi todo el tiempo, exceptuando el corto período de tiempo de vida que tuvo en España la serie de comics de Nathan Never. Tropecé con el primer número de la serie por casualidad, en casa de un amigo, que me lo enseñó entusiasmado con su nueva adquisición. Compartía con él, además del gusto por la chicas delgadas con buen culo y buenas tetas, preferiblemente bajas, el placer por la ciencia ficción en general, y Asimov en particular. Me prestó los primeros dos números y los leí esa noche en mi casa, con mucho placer, hasta las tantas de la madrugada. En particular, el primer ejemplar, tenía unos exquisitos dibujos en blanco y negro, obra de Claudio Castellini -que hasta ese día no sabía ni que existía, como con el resto de buenos dibujantes-, y autor de la que era la viñeta a página completa de la primera página de cada número.

Después de leer los dos primeros números de esta especie de Blade Runner, salí corriendo, metafóricamente, a buscar los ejemplares en los kioskos -yo también quería tenerlos-, pero comencé la colección a partir del tercer número. No había forma de conseguir los dos primeros y siempre que volvía al kiosko a comprar el siguiente me respondían que no se los habían mandado, pese a que ellos seguían insistiendo. Regresaba a casa con el sentimiento de tener la colección incompleta, pero deseoso de leer el nuevo. Al menos fue así durante unos tres o cuatro ejemplares más, momento en el que mi amigo, que se había cansado desde el tercer número (y que me gorroneaba los restantes) decidió venderme los dos primeros, con lo que ya podía decir que la tenía completa.

Los compraba religiosamente, uno tras otro, hasta que un buen día, al comprar el número 19, leo en su portada “Último número”. Efectivamente, parece que solo unos pocos frikis transtornados nos gastábamos nuestro poco dinero en esa serie y, ante el fracaso comercial, optaron por cancelarla en España. En Italia siguió vendiéndose como churros, decían. Producto nacional, claro.

Tras tropezar con un par de ellos sueltos, en casa de mi madre, me puse a buscar como loco el resto de la colección. Al final he conseguido recuperar casi todos, salvo los primeros, esos que tanto me costó conseguir. Una pena, porque la mayoría de los números tenían historias interesantes, unas más flojillas que otras, pero el primer número recuerdo que era muy bueno en todos los aspectos. Supongo que habrá acabado en el contenedor de papel, tiempo ha. Como digo, una pena, la verdad.

Como no he encontrado el primero he optado por escanear y colocar la portada del último de los que se publicaron en España hace ya tres lustros. Intentaré buscar los que faltan en la próxima visita a casa de mi madre, a ver si hay suerte.

Creo que me los volveré a leer, con calma, antes de regalárselos a alguno de mis amigos más frikis, o de llevarlos a alguna biblioteca. Así que, amigo friki, si lees esto y estás interesado en los comics, dímelo y puede que te toque la lotería. En el fondo agradezco que dejasen de publicarla, porque de lo contrario seguramente hubiese tenido que deshacerme de muchos más ejemplares ahora.

Por cierto, buscando enlaces con los que “documentar” un poco esta entrada, tropecé con una publicación en español de Nathan Never de Aleta Ediciones. Por un momento he estado tentado de lanzarme a la orgía consumista, pero va a ser que no. Ese tiempo ya pasó. ¿O no?

Nota: Para los que crean, por leer esta entrada, que no disfrutaba de Mortadelo y Filemón, despreciando el TBO nacional, les aclaro que están total, absoluta y completamente equivocados. Llegué a tener muchos tebeos de Ibañez. También muchos de Superlópez. Pero los de superhéroes me gustaban más y me cayeron más comics de los que un niño de tan corta edad podría comprar en los años siguientes. ¿Cómo equiparas trescientos comics de superhéroes a cuarenta de Mortadelo y Superlópez?

Esta entrada ha sido importada desde mi anterior blog: Píldoras para la egolatría

Es muy probable que el formato no haya quedado bien y/o que parte del contenido, como imágenes y vídeos, no sea visible. Asimismo los enlaces probablemente funcionen mal.

Por último pedir diculpas por el contenido. Es de muy mala calidad y la mayoría de las entradas recuperadas no merecían serlo. Pero aquí está esta entrada como ejemplo de que no me resulta fácil deshacerme de lo que había escrito. De verdad que lo siento muchísimo si has llegado aquí de forma accidental y te has parado a leerlo. 😔